Llego tarde. Realmente tarde. El horror me dejó muda el viernes y el sábado, y el domingo ha sido una reunión familiar la que me ha mantenido alejada del blog y me ha dejado un poco más de tiempo para pensar. Aunque siga sin saber qué decir.
El viernes por la noche, la ciudad del amor se desangró a través de una sala de conciertos, un estadio de fútbol y varios restaurantes. Hombres, mujeres, estudiantes, trabajadores, de izquierdas, de derechas, del PSG, del Olympique, ateos, cristianos y musulmanes. 131 mientras escribo estas líneas. El viernes me quedé dormida pensando en el miedo y el sábado me desperté temprano y tardé unos minutos en revivir la intensidad de lo que había sucedido horas antes.
La segunda peor consecuencia de esta tragedia es la ignorancia y el odio. Decía Elena Alfaro en su blog (en este fantástico texto) que tenemos miedo a que la barbarie nos convierta en bárbaros. La incertidumbre juega con nosotros a placer y lo hace con ventaja: la ventaja del terror que nos tiene paralizados desde el viernes sobre las diez y media de la noche. Es éste un caldo de cultivo ideal para que individuos anclados en el siglo XV se dediquen a demonizar a refugiados, a confundir terrorismo con religión, a pedir el cierre de las fronteras europeas a cualquiera procedente de Oriente Próximo y Medio y a predicar el mensaje del odio.
No pasaría nada si esto fuera aislado. Si fuera un imbécil racista sin más, que ya sabemos que hay días tontos y tontos todos los días. Pero no. Estas publicaciones tienen miles de 'shares' y me gustas en Facebook, difusión en Twitter (aunque menos) y eco en ciertos medios de comunicación. Les acompañan comentarios llenos de miedo y de revanchismo. Pero el odio va dirigido a niñas con hijab y a familias que huyen de la guerra.
Retuiteaba yo el viernes que cada vez es más necesario hacer frente común entre los que no queremos matarnos los unos a los otros. A eso añadiría que es necesaria educación. No de la del por favor y el gracias. Hablo de que los hijos de mi generación crezcan sintiéndose ciudadanos de un continente y un país del que estar orgullosos, pero también sabiendo que las fronteras son difusas y que los nacionalismos ya tienen poco sentido. Que las religiones hablan de paz y convivencia, y que es necesario el diálogo. Que valoren su educación y que sepan informarse sin mediaciones externas, llegando a cada detalle que sea necesario conocer para comprender la realidad. Y que los medios de comunicación sepan estar a la altura de las generaciones que vienen.
Ojalá que, igual que nuestros abuelos deseaban que no conociéramos la posguerra y nuestros padres imaginaban un mundo sin ETA para nosotros, ellos no tengan que vivir en el horror de un mundo sectario y triste.